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Entrevista a Eduardo D’Acosta

ENTREVISTA A EDUARDO D’ACOSTA

«Lo peor que le puede pasar a un fotógrafo es que piense que tiene un talento o don especial»

Si dijésemos que Eduardo D’Acosta acaba de llegar a su mayoría de edad fotográfica, nos quedaríamos muy cortos. Ha dedicado los últimos 18 años de su vida a que sus cientos y cientos de alumnos se enamoren de la fotografía.
Dedica el 90% de su tiempo a investigar sobre fotografía, a contarla, a explicarla, a sentirla, a reflexionarla. Miles y miles de horas de fotografía recorren sus venas, y su pasión y conocimientos fotográficos no conocen límites.

Sírvete un vino y siéntate en tu rincón favorito porque esta entrevista te secuestrará por entero el próximo cuarto de hora.

POR SANDRA REMÓN

Eduardo D’Acosta

¿Qué hacías antes de hacer fotos?

Estudié Publicidad y al mismo tiempo Historia del Arte. Con 23 años monté una pequeña y «casera» agencia de publicidad con mi hermano gemelo, pero pronto la vocación docente y el arte nos llamaron por otros caminos. A los 24 años empecé a dar clases de Filosofía, Geografía e Historia en un colegio. Comencé muy tarde en la fotografía, con más de 25 años.

¿Cómo llegó la fotografía a tu vida?

Fue casualidad. Salió la oportunidad de un trabajo como profesor de fotografía en Santander (a 827 kilómetros de su Sevilla natal) y la aproveché. El trabajo anterior era de profesor para sustituciones y éste era para una vacante por varios años, así que cogí la maleta y no me lo pensé dos veces. Hoy sé que fue una de las mejores cosas que he hecho en la vida. Aprendí mucho y empecé a enamorarme de la fotografía.

¿Cuántas horas dedicas a la investigación y cuántas a hacer fotografías?

Pues dedicó el 90% del tiempo a investigar para preparar clases y cursos (en la Escuela de Artes de Sevilla) y lo restante a hacer fotos y editar. 3% a editar y 2% a hacer fotos. Realmente hago muy pocas fotos. Paradójicamente, dedico casi todo el tiempo a reflexionar, leer, investigar o impartir clases de fotografía pero hago muy pocas fotos.

Pienso mucho más que practico. Creo que esto me permite cierta perspectiva sobre la demencia digital de nuestros tiempos. Llevo 18 años viendo fotos de los demás, ayudando a que mejoren y eso son muchas horas a la semana contestando mails, corrigiendo trabajos o recomendando fotógrafos.

¿Te gusta más comunicar la fotografía que la fotografía en sí misma?

A mí lo que me gusta realmente es ser profesor de fotografía, no hacer fotos y mucho menos enseñarlas. Por lo tanto, comunicar -o intentarlo-, para que la gente que me escuche se enamore de la fotografía. Ése es mi propósito.

El lenguaje de la imagen es el imperante en el mundo de hoy y en el que vendrá y somos completamente analfabetos. Mi ilusión es crear un tejido, un ecosistema que sea capaz de darse cuenta de que la imagen es un idioma. Y que ese idioma lo hablamos todos sin darnos cuenta. Cuanto más vocabulario tengamos para entenderlo y más gramática para defendernos, será muchísimo mejor para comunicarnos.

En Andalucía estamos en ello, aporto mi granito de arena junto a otros muchos para intentar mejorar las cosas, para dar visibilidad al Sur y para contar lo que hacemos aquí desde el rigor.

«El lenguaje de la imagen es el imperante en el mundo de hoy y somos completamente analfabetos».

¿Para ser buen fotógrafo hay que hacerse muchas preguntas?

Sí, pero no es esencial. Lo verdaderamente importante para un fotógrafo es plantear preguntas a los demás. Es una manera de cuestionar el mundo que nos rodea, huyendo de las evidencias.

¿Qué preguntas te haces tú?

Cuando hago fotos no lo planteo como si fuera resolviendo enigmas, más bien como una vivencia que disfruto desde que me cuelgo la cámara.

A mí me interesa la trama. El desenlace me da más igual… Si las fotos dicen cosas, es consecuencia de las circunstancias. No son una respuesta a nada en concreto. La gente intenta buscar el tema y lo que de verdad importa es la atmósfera, la energía, el clima y la tensión. Que salga un árbol, un reflejo, una silueta o una puesta de sol da igual. Eso es la excusa para llegar a lo determinante, que está dentro de la foto, detrás de lo superficial y es atemporal. Me interesan las personas. Mi entorno. Cómo la fotografía hace visible el paso del tiempo. Las pequeñas diferencias cuando fotografiamos muchas veces a las mismas personas… descubrir que nunca son las mismas… Las fotografías nos hacen ser conscientes del paso del tiempo, de cómo envejecemos. De cómo cambiamos como individuo.

Al tener un hermano gemelo, la idea de ser tú mismo duplicado, la semejanza o la multiplicidad se me hacen conceptos muy analizados.

Impartes talleres de street photography. ¿Qué enseñas en ellos a tus alumnos?

Sólo enseño una cosa. Intento enseñarles a decidir, a tener criterio. La fotografía no es una cuestión de destreza técnica sino de sensibilidad e inteligencia. Intento estimular a los alumnos para que aprendan a tomar sus propias decisiones y les muestro infinidad de autores para que despierten y desarrollen su sensibilidad a través de la cultura visual. Enseño a pensar, no enseño fotografía. Obligo a salir de la comodidad y a subir un escalón. Intento que eviten la fotofórmula. Que sean ellos y no hagan las fotos de otros.

Mucha gente hace fotos como Alex Webb, Meyerowitz o Eglesstone, pero no son ellos. Y creen que aplicando una fórmula que hace que sus fotos formalmente se parezcan a la de estos autores ya están en ese nivel y eso es muy equivocado. Si yo muestro fotos de grandes autores es para que entiendan cómo les funciona la cabeza y la razón que les lleva a hacer ese tipo de fotografías. No para que se queden en lo superficial.

¿Te gusta más la fotografía de calle que otro tipo de fotografía?

No me gusta más que otras. A mí me gusta todo tipo de fotografía.

Pero la fotografía de calle tiene algo maravilloso que quizá no se da en otros campos de la imagen. Contiene un espectro enorme que va desde el aficionado que empieza a grandes autores reconocidísimos. Y todos se lo pasan de maravilla. No está acotada, como ocurre en los géneros clásicos. Y, además, va creciendo cada día. Se renueva, se adapta a los tiempos y siempre hace que los fotógrafos se diviertan, que es algo consustancial a la fotografía de calle. Es la foto más divertida y más sorprendente.

«La fotografía de calle es la disciplina más divertida y la más sorprendente».

¿Y por qué no la practicas más en tu día a día, en tus viajes…?

Normalmente hago pocas fotos. No tengo una frecuencia. Disparo con analógico y suelo cargar la cámara muy de vez en cuando. Casi siempre, para probar una película, un tipo de revelado, una cámara de formato medio o por circunstancias prácticas. Casi siempre, para aprender algo.

En los viajes siempre llevo varias cámaras. Es donde hago más fotos y son una fuente de inspiración constante. Captar la energía de descubrir por primera vez una ciudad o un lugar es increíble. No entiendo la gente que sólo lleva un móvil o a veces ni eso. En cierta manera, lo envidio. No tengo la necesidad de hacer fotos, como mucho la curiosidad de ver cómo son ciertas cosas en mis fotografías o simplemente la inercia de acotar un recuerdo.

Sí hago bastante fotos de street, pero no las muestro. Las hago por puro placer y disfrute. Para pasarlo bien, que es el fin último de este tipo de fotografía.

¿Tienes algún proyecto fotográfico en mente?

Mi trabajo fotográfico tiene dos bases principales: uno el emocional y otro el analítico.

El primero gira en torno a tres ejes: mi familia, mi pueblo y mi trabajo. Es una investigación sobre mi identidad, construida en torno a la fotografía. Soy muy obsesivo de mi trabajo, llevo 18 años enseñando fotografía y estoy obsesionado con estar al tanto de todo, de reciclar mis presentaciones, de comprender qué es una fotografía. Eso me ha cambiado a mí como persona y al mundo que me rodea.

Ése es mi proyecto: intentar dar explicación a lo que soy a través de la fotografía. Articular mi trabajo en torno a estos tres ejes no es más que resumir lo que soy con imágenes.

Es un proyecto que llevo 10 años construyendo. Va muy despacio… no tengo prisa… Me gustaría sacar un libro en breve para completar la primera parte, que seguramente lleve de nombre «todo por hacer». Llega hasta que nació mi primer hijo.

La segunda parte se llamará «todo lo posible» e incluirá mi condición de padre a todo lo anterior. Ésta es la parte emocional.

La parte analítica versa sobre la imagen como constructo. Como representación de la realidad. Aquí mi proyecto empezó analizando el espacio representado. Luego me centré en las vallas publicitarias como metáfora de la imagen dentro de la imagen y he continuado haciendo fotografías de diferentes copias de esculturas clásicas para hablar de los niveles de iconicidad y plasmación del arte.

Ahora, este trabajo ha evolucionado hacia bodegones de estudio con esculturas más pequeñas. Este proyecto final se llamará «ultrapop» y espero mostrarlo en breve, está en proceso.

¿Hasta qué punto crees que es importante la formación?

La formación lo es todo. La educación es la base de lo que somos.

En fotografía la formación está mal canalizada. Se plantea en términos técnicos y eso es un error. La técnica es secundaria. El manejo de las cámaras y los manuales son algo que se puede aprender en cinco días por Internet. Lo difícil es tomar decisiones, saber por qué funcionan unas fotografías y otras no. En la enseñanza de fotografía hay mucho profesor que se dedica a solemnizar lo obvio y eso es una losa tremenda para los alumnos. Los pone en una bicicleta estática y no avanzan por mucho que se esfuercen.

En España hay mucho docente que todavía sigue obsesionado con ciertos aspectos matemáticos o técnicos de la fotografía y no comprende que conseguir una imagen buena depende de la inteligencia y la sensibilidad. Y, ojo, no todo el mundo puede hacer fotos extraordinarias.

La fotografía es muy democrática pero a la vez muy cruel. Todos podemos tener una cámara en el bolsillo, pero eso no multiplica las posibilidades de llegar a una gran foto. Esto no es una lotería (haces mucha fotos pues piensas que alguna será buena). Al contrario, el hacer muchas fotos hace que la creatividad y la reflexión se queden atrás.

«En la enseñanza de fotografía hay mucho profesor que se dedica a solemnizar lo obvio y eso es una losa tremenda para los alumnos».

¿En qué crees más: el talento o el esfuerzo?

El talento no existe sin esfuerzo. Por lo tanto sólo está el trabajo, el sacrificio y la autocrítica.

En fotografía hay que observar más y hacer menos fotos. Escuchar más y hablar menos. El esfuerzo para mí contiene la humildad, las ganas de aprender cada día y de superarse. Y también algo muy importante: la rectificación entendida como un avance, no como un problema.

Desgraciadamente, en la sociedad que tenemos el sacrificio se ha sustituido por una recompensa inmediata en forma de likes o parecidos, y muchos jóvenes están totalmente confundidos. Nos quedamos en lo superficial. Además, eso engancha, ya que tenemos la aprobación de un público (aunque sea heterogéneo y analfabeto en cuestiones visuales) y todo el mundo quiere ese minuto de gloria para autoconfirmarse.

Lo peor que le puede pasar a un fotógrafo es que piense que tiene talento o un don especial. Lo que hay que tener es una sensibilidad por la fotografía , primero para saber ver y luego para poder hacer. Y esa sensibilidad hacerla crecer con estudio y perseverancia. Cultivar a diario la sensibilidad que tengamos para hacerla llegar a su máximo.

Eduardo D’Acosta

¿Crees que el nivel fotográfico en España es menor, mayor, desconocido…?

En España no hay mucho nivel, comparado con otros países del entorno. No descubro nada nuevo al comentar esta cuestión… Siempre vamos a remolque de lo que se hace fuera. Incluso el boom del fotolibro, donde parecía que íbamos a decir algo, se está desinflando como un suflé.

La fotografía española se puede resumir en dos grupos muy claros: los que están y viven en el pasado, y los que piensan que están y viven en el futuro. Nadie vive el presente, es algo muy extraño.

Un primer grupo sería los fotógrafos de aquí que beben todavía de un tardopictorialismo costumbrista que busca al niño con harapos y los pies descalzos. Hacen muchos viajes a lugares del tercer mundo y son herederos de las sociedades fotográficas y la concursivística, con fotos muy procesadas, pensando que ese tiempo dedicado a la imagen la engrandece. Son el 80% de lo que encuentras.

Y los segundos: los que viven en el futuro. Son los que están pendientes a las modas y son tendenciosos con lo que se hace fuera. Muy influidos, pero van de originales. Sólo son envoltorio y no se preocupan por el contenido. Se acaban cayendo en cuanto se rasca un poco. En los circuitos de arte sí que se empiezan a ver algunos brotes, pero no sé si serán ciertos. Todavía no tenemos perspectiva de esto. Habrá que esperar…

Y luego está Joan Fontcuberta, que juega en otra liga. Nunca mira por el retrovisor. Un visionario desde los años 70. Hay otras excepciones, por supuesto, pero no quiero extenderme mucho.


Te lo intento resumir en tres etapas:

Durante el siglo XX y hasta los 80, la fotografía prácticamente no existía. Lo de Afal y otros grupos son anécdotas comparado con la influencia de la fotografía en las artes de otros países. Todo era fijarse en lo pintoresco y en la estampa social. Afal fue una suerte, un golpe da aire fresco, una gran isla en un inmenso mar.

A partir de los ochenta, empieza una regeneración con ciertos valores creativos pero que lo que hace es asentarse en el poder y crear un tapón. Así, durante 30 años, los mismos de siempre han copado las exposiciones y libros representando a España en multitud de ocasiones pero sin avanzar.

A partir de 2010 hay una explosión de fotógrafos que intentan buscar su propia visibilidad fuera de los circuitos tradicionales, pero al final ha ocurrido como con lo anterior. Se han aposentado, han hecho el «yo me lo guiso, yo me lo como» y eso no ha quedado más que en una tendencia que ya se está agotando. El famoso nuevo documentalismo español. Todo lo que ha parecido un avance luego se ha estancado o sólo ha mirado sus intereses sin crear un verdadero ecosistema

¡Ah! y una cosa más. Lo más interesante de la fotografía actual española está ocurriendo en la periferia, en los bordes del país: Tarragona, Valencia, Alicante, Murcia, Almería, Cádiz, Málaga, Sevilla, Pontevedra, Salamanca, Bilbao, Vitoria… Donde no está el foco, la gente se siente más libre y no está tan atada a las modas.

Fíjate por ejemplo en la Kursala de Cádiz y el trabajo de Jesús Micó. Sencillamente, hay una visión centralista capitalizada en Madrid que no siempre es la más acertada.

En España es muy difícil vivir de la fotografía. Eso aquí es casi imposible. No hay estructuras. Cada uno va a lo suyo. Hay fotógrafos conocidísimos que exponen en todos los sitios y que son muy famosos que casi no llegan a final de mes y no saben qué será de sus vidas en un par de años… Es una lucha diaria.

«La fotografía española se puede resumir en dos grupos muy claros: los que están y viven en el pasado, y los que piensan que están y viven en el futuro. Nadie vive el presente, es algo muy extraño».

Para ti, ¿dónde empieza la fotografía y dónde termina, como disciplina?

La fotografía para mí es un modo de vida. Es comprender el mundo que nos rodea a través de imágenes. Es el ahora. Es lo que tenemos. Ya no hay recuerdos que no se hayan fotografiado. Se ha pasado de lo verbal a lo visual.

Realmente, la fotografía debería estudiarse desde los primeros años en el colegio. Enseñar a los niños que una foto puede contar cosas, que además es una mentira que nos puede llevar a muchos sitios y saber cómo usarla. Es un lenguaje que hay que dominar, hay que saber interpretarlo y comunicar con él. Sus bondades y sus maldades. No es algo neutro.

La ponencia de Eduardo D’Acosta en FotoKalea 2019
tendrá lugar el domingo 7 de abril por la mañana
(ver programa)