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Fotokalea 2018 y las suaves cosquillas de la buena fotografía

Por Leire Etxazarra

Recuerdo haber leído que Saul Leiter dijo una vez que sus fotografías estaban hechas para “hacer cosquillas en la oreja izquierda, suavemente”.  No es difícil imaginar esa sensación, entre tierna y divertida, que describe perfectamente lo que sentimos cuando nos topamos con algo que nos estimula de una forma placentera, y por qué no decirlo, también juguetona.

Hay frases que producen ese mismo efecto, quizá no en la oreja, pero sí en el cerebro. Y hay frases que consiguen mantener ese efecto cada vez que las recuerdas, porque se te quedan ahí, en la cabeza, para siempre, y pasan a ser parte de ti, de lo que piensas y de cómo lo piensas, enriqueciendo tu forma de fotografiar, de leer imágenes y de apreciar el trabajo de los demás. Por eso dejan de ser meras frases para convertirse en LA FRASE.

Y Fotokalea 2018, el primer Simposio de Fotografía Urbana celebrado en Vitoria-Gasteiz los días 2 y 3 del pasado mes de junio, también tuvo su frase, una que, al menos a mí, me recordará este encuentro para siempre.

Fotografía: Alberto Verdú

Pero antes de desvelarla, quiero aclarar que lo que sigue no es una crónica periodística ni un resumen de lo que allí se escuchó y se vivió; ambas opciones son correctas, pero se quedan cortas, muy cortas, cuando lo que quieres es transmitir ese ‘algo más’ que te aportan algunas experiencias en la vida. Así que éste es el relato, personal y subjetivo, no de lo que allí sucedió, sino del poso que aquel evento ha dejado varios meses después de que se llevara a cabo.

El caso es que ahí están aún, vivitas y coleando, las cosquillas y la famosa frase. La dijo Jordi Oliver, fotógrafo al que he de confesar que no conocía, en la mañana de la primera jornada. Jordi subió al estrado, nos miró con sus enormes ojos azules, y comenzó a hablarnos con complicidad, de tú a tú, robándonos los oídos (y los ojos) desde el primer momento. Así, la frase, o perdón, LA FRASE, hizo acto de presencia, con total naturalidad: “Estamos muy saturados de imágenes únicas y muy huérfanos de historias”, dijo, con las imágenes de su enorme trabajo en los campos de refugiados de fondo.

Fotografía: Jordi Oliver

Inmediatamente algo hizo ‘click’ en mi cabeza y recordé una entrevista a Joel Meyerowitz que leí pocos días antes. El cerebro humano tiende a buscar similitudes, asociaciones y conexiones (tal y como nos explicaría Alfredo Oliva al día siguiente) y el mío conectó a Jordi con Joel. En esa entrevista, Meyerowitz denunciaba lo que él llamaba la “mentalidad de Instagram”; esas fotos planas y unidimensionales (en forma y contenido) que él calificaba, sin tapujos, de “jodidamente aburridas”. Imágenes sin historia, huérfanas, muchas de ellas hechas para durar un segundo, y con el único objetivo de testimoniar un “aquí estoy”, un “esto estoy haciendo”.

Y es que es verdad que muchas veces nos quedamos en eso; en el “impacto” de la foto, en si “funciona” o no funciona, en si llama o no la atención al primer vistazo, en si es capaz de distinguirse entre las miles de imágenes que nos asaltan cada día. Y nos olvidamos de la historia, de lo que queremos contar, de dejar de ser meros recolectores de ‘likes’. En este sentido, un amigo fotógrafo me hablaba hace unos meses del “síndrome World Press Photo” refiriéndose a la incesante búsqueda de la imagen única e impactante, la “foto icónica”, en detrimento de la “historia fotográfica”.

Lo decía Nacho Gil, otro de los ponentes de Fotokalea, en su conferencia; que no se trata tanto de hacer el “fotón”, que en eso se nos van muchas energías (y demasiadas frustraciones), que parte de la magia de la fotografía tiene mucho que ver con la incertidumbre, y que a veces, de tanto querer controlarlo todo, de que sea “perfecto”, acabamos perdiendo la frescura. Que el juego, la desinhibición y la diversión son imprescindibles en el proceso creativo. Y tiene razón.

Fotografía: Nacho Gil

Quién sabe, puede que esa obsesión por “el fotón” sea una interpretación un tanto retorcida y equívoca del famoso “instante decisivo” de Cartier-Bresson. Quizá por eso nos contentamos demasiadas veces con buscar “instantes”, chispazos de la realidad que, cuando se nos escapan (y eso pasa mucho, aún siguiendo todos los consejos y trucos que Jota Barros nos descubrió en la conferencia inaugural), nos decepcionan y nos dejan la sensación de haber fracasado. Pero no es así, no siempre, porque eso que se nos ha escapado es a menudo el fuego de artificio. En cambio… ¿cuántas historias suceden una vez acabada la pirotecnia? ¿O a la sombra de ella? Muchas, muchísimas. Puede que no sean impactantes ni llamativas, pero son sutiles, auténticas y están ahí, ocultas pero vivas, muy vivas. Sólo hay que saber verlas (y saber mirarlas). Ahí está la magia.

Tras una imagen a primera vista normal, rutinaria y ‘demasiado’ cotidiana puede haber una historia, o puede que dos, y hasta tres. ¿Acaso ‘Los Americanos’ de Robert Frank, una de las ‘biblias’ de la fotografía, no está lleno de imágenes cotidianas de la América de mediados de los 50? El secreto de esas fotografías es que tienen contenido y, sobre todo, intención, y que cuentan pequeñas historias que se entrelazan sutilmente hasta formar una gran historia, la del libro, pese a carecer, siguiendo con el símil, de fuegos de artificio.

Porque cotidiano no significa aburrido, anodino, ni mucho menos, banal o mediocre. Porque la fotografía no son meras imágenes, la fotografía son historias, contenido, intención, emoción y reflexión. Y todo nace de la curiosidad del fotógrafo, de la mente y el misterio (Alfredo Oliva, ¡qué corta se nos hizo tu conferencia!). Por eso no es necesario ir a una zona de guerra o viajar a Nueva York para contar historias, puede hacerse (y se hace, ¡y de qué manera!) en pequeñas aldeas de Galicia y Portugal (nos lo explicó Alberte Pereira en su turno), en el Metro de Madrid, entre carreras, nervios y sprays de grafiti (nos lo contó José JEOSM), e incluso, si nos apuramos, en nuestro propio archivo fotográfico. Cuántas historias perdidas hay en nuestras hojas de contacto y no las descubrimos hasta que, años después y casi por casualidad, les echamos un segundo o tercer vistazo (Alberto Verdú nos mostró y demostró cómo de nuestros viejos contactos puede nacer todo un proyecto fresco, nuevo e ilusionante).

Fotografía: Alfredo Oliva

Al final, lo que denuncia la frase de Jordi Oliver es la reducción del “acto fotográfico” a un mero “gesto fotográfico”, la producción y proliferación de imágenes en masa sin reflexión, contenido ni compromiso. Y, por supuesto, sin historia y sin emoción. Es la “mentalidad de Instagram” de la que habla Meyerowitz, la que premia la inmediatez y la cantidad; una mentalidad con la que “buscamos agradar en lugar de conmover”, como afirmaba Ricky Dávila en una entrevista publicada en la web Quitar Fotos, allá por noviembre de 2017.

Sin embargo, Instagram no es ningún demonio ni el origen de todos los males, también ha dado lugar a toda una estética fotográfica con lenguaje propio, una forma de contar las cosas que es también soporte de grandes historias (lo descubrimos con María Moldes y sus “señoras aparentemente inofensivas pero sospechosas de haber asesinado a sus maridos”, en una conferencia que sorprendió, arrancó carcajadas y nos abrió los ojos a nuevas posibilidades y nuevos mundos). El de María fue el mejor ejemplo práctico de esa mente lúdica, ese “jugar” sin barreras ni prejuicios, ese “ser libres fotográficamente” por el que tan enérgicamente apostaba Nacho Gil. Y así, jugando con nuestra cámara, es como conseguimos huir de lo meramente descriptivo y nos lanzamos al reto de sugerir, crear incógnitas, misterios…  (nos lo mostró Marcelo Caballero en una conferencia en la que él acabó emocionado y nosotros, el público, con ganas de más).

Fotografía: Jesús León

De incógnitas y pequeños misterios fotográficos se habló en Fotokalea, pero sobre todo de historias, de muchas historias, diferentes, ilusionantes, motivadoras e inspiradoras. También divertidas, pero también trágicas (impresionante el trabajo de Jordi Oliver en los campos de refugiados). Y también sorprendentes, como esa carta de una ciudadana estadounidense enamorada del fotolibro ‘Vitorianos’ que hizo que un grupo de alumnos de fotografía no pudiera contener las lágrimas mientras nos la leía al resto de asistentes (emocionante final a la conferencia sobre autopublicación y crowdfunding de Gustavo Bravo).

Emociones, historias, encuentros, reencuentros, risas, frases…. Allí se plantó una semilla que con un poquito de suerte, porque ilusión no falta, seguirá floreciendo cada año. Y se hablará de fotografía urbana y de calle, de documentalismo, de experiencias (buenas y malas) y de proyectos, de “fotos jodidamente aburridas”, de “fotones”, de historias contadas y por contar, de Instagram y de lo que haga falta; hasta de peligros, conocidos y desconocidos, como el de plantar nuestro trípode alegremente en la vía pública (pocos sabíamos que es algo que está prohibido, salvo permiso expreso). Nos lo contó Jesús León en una conferencia sobre legalidad y derechos que fue de todo menos aburrida. Quién iba a decirnos que nuestros amigos amantes de la fotografía nocturna y de larga exposición, tan aparentemente tranquilos y pausados ellos, no son más que una banda de delincuentes con su manía de plantar el trípode en cualquier esquina, alegremente…

Y así, entre pequeños sobresaltos legales, risas, emoción, compañerismo, buen ambiente (y mejor comida) dimos carpetazo a un fin de semana de fotografía, de historias y de cosquillas como aquellas de las que hablaba Leiter; suaves y, sobre todo, cómplices. Las otras, las del estómago, las iremos sintiendo a medida que se acerque la fecha de la próxima edición de Fotokalea: 6 y 7 de abril de 2019.

Gracias a todos, ponentes, organizadores y asistentes, por vuestra pasión, generosidad, cercanía y compromiso.